...ser librepensador, no oír el rugir de tripas de tantos, ni su llanto, ni su dolor, establecerme correcto, filósofo, neutral, independiente, manejarme bien con toda la gente. Ya me gustaría a mí alinearme con los no violentos, regalar flores, descalzo, arrancadas de algún tiesto, sin tener que poner la otra mejilla para nadie, a no ser amenazado por ningún indeseable. Ismael Serrano
domingo 20 de julio de 2008
Rezos privados
Incluida dentro de los límites del barrio Parque Chacabuco, a la iglesia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa solamente la separan tres cuadras de la zona porteña conocida como Bajo Flores, habitada por familias de pocos recursos.
Al entrar, rezos, promesas y peticiones de salud, dinero y amor se mezclaron en un murmullo general. Los lugares más concurridos y venerados eran la Virgen María (custodiada por dos figuras bañadas en oro), Jesús en la cruz y las pinturas que recreaban la primera y segunda aparición de la virgen, una a cada lado del altar mayor.
Visible desde varias cuadras a la redonda, la imagen de 5.30 metros traída desde Francia, corona la cúpula del templo de estilo neo románico. La piedra fundamental fue colocada el 27 de noviembre de 1930, bendecida canónicamente el 25 de julio de 1934 e inaugurada siete años después.
Pero la historia de esta virgen comenzó en 1830 en la Ciudad de Paris. En la sede de la compañía de las religiosas Hijas de la Caridad, se apareció en dos oportunidades frente a la novicia Catalina, quien posteriormente fue canonizada.
Estos datos son desconocidos para aquellos que todos los días, se sientan en la escalera que conduce al interior de la Parroquia. De espaldas al enorme campanario y los 110 vitrales que recrean la crucifixión de Jesús, piden limosna a los vecinos que diariamente ingresan a la casa del señor.
El domingo 11 de mayo a las 17.30, el sacerdote, figura encargada de ayudar a comprender el significado de las palabras de Dios y de la misión evangelizadora de la iglesia, inició el rito: “El Señor esté con vosotros”, y la respuesta fue automática: “Y con tu espíritu”. Como sucedería a lo largo de toda la ceremonia, las voces de dos cantantes y sus guitarras criollas musicalizaron el rezo en voz baja del padre nuestro.
Mientras el sacerdote imploraba con la Santa Biblia apoyada en el atril: “Que los gobernantes abran su corazón a Dios en favor de la justicia y la paz”, dos bolsas de tela color bordó recorrieron cada una de las filas de la iglesia en busca del diezmo de los fieles, sin interrumpir a aquellos que rezaban por su cuenta frente a las imágenes de los santos.
A unos metros del altar mayor, un par de zapatillas deshechas por el uso acompañaban las oraciones de una mujer, arrodillada ante la pintura que representaba la segunda aparición de la Virgen ante Santa Catalina. Con la cabeza agachada y las manos juntas, se mantuvo en esa posición hasta finalizar sus plegarias, ajena a las personas que se persignaban a su lado.
Para recibir a Cristo en comunión, los fieles deben hallarse en estado de gracia, es decir, tener la conciencia limpia a los ojos del Vaticano. El sacerdote le imploró a Dios que reciba su confesión: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. De pie, y como en un estado de trance, una mujer joven bajó la vista y oró. El movimiento sin sonido de sus labios eran acompañados con un leve balanceo de su cuerpo, trataba sin mucho éxito que el bebé que tenía en sus brazos dejara de moverse y gritar.
Otra mujer, con lágrimas en los ojos y dos fotos en la mano, se acercó a la imagen de Jesús crucificado que se encontraba del lado izquierdo del altar mayor y las frotó contra la madera tallada en forma de pies, luego se arrodilló y con su mano hizo la señal de la cruz.
Una vez obtenida la absolución mediante el rezo, el cura se acercó al altar, dando inicio a la ofrenda del pan y del vino. Ofreció el cáliz de oro con las hostias, y acompañó sus movimientos con la siguiente oración: “Recíbenos Señor, pues nos presentamos a ti, con espíritu humillado y corazón contrito”. Se llevó una a la boca y bebió un sorbo de vino.
Los monaguillos se prepararon para ofrecer a los feligreses la Comunión. Al ver los movimientos, los fieles se formaron ordenadamente en tres filas, y comenzaron a acercarse al altar. Cada uno a su turno, recibió la hostia al escuchar: “El cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna”. Amen.
A la hora de los avisos, uno de los tres monaguillos anunció: “El lunes 12 en la misa de las 19 se rezará por todos los enfermos, se administrará el sacramento de los enfermos y se bendecirán los medicamentos”.
Lejos del atril en donde esas palabras eran pronunciadas, a los pies de una imagen de San Expedito, una mujer le frotaba con las manos la encovada espalda a un tembloroso hombre parado delante de ella. Ambos rezaban en silencio con la mirada fija en el santo.
Como parte final del rito, los fieles se formaron en un semicírculo a los pies del altar. Llaves, fotos, ropa y juguetes que representaban en el imaginario de cada uno a hermanos, padres, hijos y abuelos fueron preparados para ser bendecidos. El sacerdote se acercó nuevamente al altar y tomó un cáliz, esta vez de plata, y una lluvia de agua bendita recorrió a la gente, sus pertenencias y sus oraciones de derecha a izquierda.
Sin acercarse nunca a la gente, el sacerdote se dio vuelta, apoyó el cáliz en el altar y desapareció por la puerta que se encontraba a su derecha. La ceremonia oficial había finalizado.
Antes, durante y después de la misa, los fieles demostraron su fe rezando frente a las imágenes a las que le dedicaron sus oraciones con concentración. Ajenos al desarrollo de la ceremonia y sin mediación de la Iglesia, los 41 metros de altura que tiene la cúpula hexagonal, acercan a los feligreses a su dios. Muchas veces es mejor decir las cosas cara a cara.
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