domingo 5 de septiembre de 2010

La memoria como instrumento de lucha

Por Mariela Caruso


El objetivo de la dictadura militar: el disciplinamiento social

La disciplina como mecanismo de poder

En su libro “Vigilar y Castigar. El Nacimiento de la prisión”, Michael Foucault analiza el surgimiento de lo que, para él, es una tecnología novedosa: el desarrollo de un conjunto de procedimientos de coerción colectiva; una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas.
El descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco del poder durante la edad clásica, posibilitó la creación de una técnica cuyas metas principales son su sometimiento, utilización, transformación y perfeccionamiento: “A estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y le imponen una relación de docilidad-utilidad es a lo que se puede llamar `disciplinas´.” (Foucault, 2009: 159).
Para el autor, entonces, la disciplina es un tipo de poder y también una modalidad para ejercerlo. Su función es fabricar cuerpos dóciles en pos de aumentar sus fuerzas en términos de utilidad económica y, a su vez, disminuirlas en relación a la obediencia política. En este sentido, la primera de las grandes operaciones de la disciplina es la transformación de las multitudes confusas, inútiles o peligrosas en multiplicidades ordenadas.
“Digamos que la disciplina es el procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo es reducida con el menor gasto como fuerza “política” y maximizada como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista ha exigido la modalidad específica del poder disciplinario, cuyas fórmulas generales, los procedimientos de sumisión de las fuerzas y de los cuerpos, la “anatomía política” en una palabra, pueden ser puestos en acción a través de regímenes políticos, de aparatos o de instituciones muy diversas”. (Foucault, 2009: 255).
Lo que sigue es el análisis de cómo los militares argentinos a cargo del “Proceso de Reorganización Nacional”, pusieron en práctica esa modalidad de ejercicio del poder.

El disciplinamiento en marcha

El golpe de Estado de 1976 cerró en la Argentina un ciclo de luchas populares, de resistencia y de incremento de la influencia de las teorías políticas de la izquierda en la sociedad. El caos económico, la muerte como hecho cotidiano, la crisis de autoridad, las luchas facciosas de la Triple A y las guerrillas urbanas, fueron para Luis Alberto Romero las causas por las cuales muchos argentinos apoyaron un gobierno militar que prometió reestablecer el orden y asegurar el monopolio estatal de la fuerza.
Los militares se propusieron desde un principio, eliminar el problema de raíz. Para lo cual concentraron todo el poder de acción en sus manos, subordinando (y en otros casos, disolviendo) aquellos grupos parapoliciales activos en años anteriores. Los métodos utilizados para cumplir con ese objetivo fueron el secuestro, la detención, la ejecución y la tortura sistemática y prolongada (como por ejemplo mediante el uso de la picana eléctrica y del submarino, la perpetración de violaciones sexuales, los simulacros de fusilamiento, la destrucción de la dignidad y personalidad del secuestrado, entre otras cosas).
Si bien Foucault habla de someter los cuerpos con la menor fuerza posible, el caso analizado requirió un costoso y articulado andamiaje, que incluyó espionaje, secuestros, torturas y matanzas. Como se analiza a continuación, esa estructura le permitió al gobierno valerse del terror impuesto para reproducir el sentimiento social de estar constantemente vigilados, aún cuando dos años después de haberse iniciado el proceso, la represión había disminuido notablemente.


La reproducción de la coacción

Romero habla de un verdadero genocidio, en el cuál las desapariciones ocurrieron masivamente entre los años 1976 y 1978. Si bien los usurpadores del poder le plantearon a la sociedad que su objetivo era solucionar el problema del virus de la subversión, lo cierto es que una vez diezmadas dos de las mayores organizaciones guerrilleras (el Ejército Revolucionario del Pueblo-ERP y Montoneros), la represión continuó.
El sentido de mantener activo el aparato represivo fue el ataque a militantes de organizaciones políticas y sociales, dirigentes gremiales de base, sacerdotes, intelectuales, abogados (sobre todo aquellos vinculados a la defensa de los presos políticos y de los Derechos Humanos), parientes y conocidos de los torturados, estudiantes secundarios y universitarios.
En resumen, esta operación procuró eliminar todo activismo, protesta social o expresión de pensamiento crítico. El fin último fue transformar profundamente la sociedad, por lo que previamente necesitaron controlarla y dominarla mediante el terror y la palabra. En este sentido, Romero opina que “el terror cubrió la sociedad toda. Clausurados los espacios donde los individuos podían identificarse en colectivos más amplios, cada uno quedó solo e indefenso ante el Estado aterrorizador, y en una sociedad inmovilizada y sin reacción se impuso (…) la cultura del miedo.” (Romero, 1994: 289).
Para esto, el Estado se valió de la figura del desaparecido, quien a partir del secuestro no sólo dejaba de tener presencia civil, sino que también perdía sus derechos y era privado de toda posible comunicación con el mundo exterior. Mayoritariamente, el destino era el “traslado”, es decir su muerte, generalmente clandestina. Una vez ejecutados, los cuerpos eran enterrados o incinerados en fosas colectivas, o arrojados al mar adormecidos con bloques de cemento para hundirlos, en los denominados “vuelos de la muerte“.
Debido a la impunidad con la que se ejecutaban los crímenes avalados por el gobierno, se fue gestando en la sociedad una idea de desprotección y de temor. Por estos y otros motivos, nunca lograron despertar entusiasmo o adhesión por parte del conjunto social, más allá del de aquellos grupos que los apoyaron originalmente. No obstante, la situación generada les bastó para pacificar a la población y poder llevar adelante las profundas transformaciones que eliminarían los conflictos en el país y que contribuirían a la atomización de la sociedad.
Los hechos descriptos anteriormente reprodujeron hasta el infinito la sensación de los ciudadanos de estar constantemente vigilados y en peligro; lo cual para Foucault, está en la base del disciplinamiento de las sociedades: el individuo que es conciente de ser sometido a un campo de visibilidad, reproduce por su cuenta las coacciones del poder. No es necesario recurrir a medios de fuerza para obligar al condenado a la buena conducta: su efectividad estriba en no intervenir jamás.
Una vez instalado el terror en la sociedad, la coacción, como indica Foucault, se reprodujo sola, tal como se verá a continuación.


Vigilantes perpetuamente vigilados

De acuerdo con la teoría de Foucault, para que un aparato disciplinario sea perfecto, debe permitir verlo todo constantemente con sólo una mirada. Uno de los instrumentos utilizados para lograrlo es la inspección jerárquica, la cual posibilita que las instituciones disciplinarias desarrollen una maquinaria de control que consiste en la formación de un aparato de observación, registro y encauzamiento de la conducta. Es decir que si bien la vigilancia reposa sobre individuos, su funcionamiento es el de un sistema de relaciones de arriba-abajo y de abajo-arriba, y también lateralmente.
En el caso argentino, las tres armas se repartieron las diferentes responsabilidades, mientras que los grupos de tareas fueron los encargados de ejecutar las órdenes de los altos mandos. Para que todo funcionara correctamente, también fue necesario un complejo aparato administrativo que diera cuenta de los movimientos de entrada, salida y traslados de numerosas personas. Es por eso que para Romero, “la represión fue, en suma, una acción sistemática realizada desde el Estado.” (Romero, 1994: 284).
A pesar de que la organización fue por momentos anárquica y faccional, esto no implicó acciones casuales, descontroladas o irresponsables. En este sentido, el profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires, José Gabriel Vazeilles, sostiene en su libro que, para cumplir con sus objetivos, los militares necesitaron dotar a los aparatos represivos de una hegemonía institucional que les permitiera cumplir el rol de espías y controladores del resto de la administración.
Por lo expuesto, se puede decir que es el aparato entero el que produce y reproduce el poder, y no la existencia de diferentes jerarquías de jefes. Lo cual se observa en el hecho de que este tipo de organización de la estructura de vigilancia, imposibilitó la denuncia a la Junta de gobierno desde cualquier ámbito de la sociedad, inclusive desde el interior de las propias Fuerzas Armadas.


¿Por qué?

Siguiendo a Romero, la represión inicial que descabezó la movilización popular, permitió superar la coyuntura. Pero las Fuerzas Armadas y el establishment que las acompañaban necesitaban ir más lejos. Tanto trabajadores como empresarios, solieron enfrentarse alternativamente generando desorden y caos; y en otras oportunidades, supieron unirse para utilizar las poderosas herramientas de un Estado intervencionista y benefactor en beneficio mutuo.
Para evitar nuevamente estas situaciones, los militares buscaron una fórmula para establecer el orden y la seguridad dejando de lado el crecimiento, por considerar que eso generaría más conflicto. El historiador y periodista Osvaldo Bayer opina que “Todos sabían desde un principio el sistema de desaparición de personas, la existencia de los campos de concentración, el asesinato de chicos (…) Lo supieron los poderosos de la economía que aprovecharon para que les limpiaran las fábricas y empresas de delegados honestos y combativos.” (Gorini, 1999).
Es decir que si el Estado intervencionista y benefactor fue el gran culpable del desorden social, el mercado entonces parecía el instrumento capaz de disciplinar a todos los actores por igual. A raíz de este argumento, se buscó activamente su achicamiento y retroceso. En este sentido, y siguiendo al profesor Vazeilles, se puede afirmar que la ideología oligárquica tuvo en 1976 su apogeo, convirtiéndose en la única pauta cultural para el Estado y la sociedad.
La estrategia utilizada fue el fortalecimiento del sector financiero, la apertura de la economía a las inversiones extranjeras y a las importaciones, y el endeudamiento. Y el resultado de las mismas, fue la concentración del poder económico en un grupo de empresarios, nacionales y trasnacionales, eliminando de esta manera la puja corporativa y las negociaciones.


El papel del individualismo: el “sálvese quien pueda”

En relación a lo expuesto, la psicoanalista Silvia Bleichmar realizó el siguiente análisis respecto al objetivo de la última dictadura: “Intentó destruir lo político y la noción de bien común. Produjo una justificación del egoísmo sobre la base de salvarse, que es lo que produce siempre el Terrorismo de Estado. Una ruptura de la noción de semejante porque nadie sabe quién es el “otro” y en qué medida se lo puede poner en riesgo.” (Testero, 2009: 138).
Se refiere a la descomposición de un modo solidario de concebir la relación con el prójimo: en un país en el que parte de la sociedad sostuvo durante muchos años la idea de igualdad de oportunidades y de solidaridad, los militares introdujeron la noción de que el otro es un potencial peligro. Es decir que se produjo un incremento del individualismo extremo y una profunda deconstrucción de los lazos solidarios, por lo cual se puede afirmar que la disciplina aplicada en la argentina fabricó individuos aislados, fáciles dominar y controlar.
Retomando el análisis de Foucault, el poder disciplinario tiene como función principal enderezar las conductas y encauzar las multitudes en una multiplicidad de elementos individuales. Y cuando una sociedad llega a tener a los individuos privados por un lado y al Estado por el otro (y no ya la comunidad y la vida pública), las relaciones deben regularse necesariamente mediante la vigilancia.


Conclusión

El camino recorrido

El concepto de disciplinamiento social acuñado por Foucault, permitió explicar el proceso mediante el cual las Fuerzas Armadas, con ayuda nacional e internacional, apaciguaron a los argentinos. Los crímenes perpetrados desde un Estado que debió haber velado por el bienestar de todos los ciudadanos, fueron organizados por un aparato represivo que garantizó la reproducción de los mecanismos de coacción entre la población. Utilizando esta metodología, fragmentaron a la sociedad que, presa del terror, no pudo evitar los cambios impuestos en el modelo de producción.
El “Proceso de Reorganización Nacional”, concluyó en un neoliberalismo feroz que modificó las relaciones sociales en la Argentina, beneficiando a las empresas trasnacionales y los grupos económicos locales, y perjudicando al resto de la población (reflejado en la flexibilización y precarización laboral, el aumento de los índices de pobreza y de la brecha entre ricos y pobres). A partir de las modificaciones realizadas en el modelo económico, se gestó uno nuevo que incluyó la apertura internacional, la destrucción de la industria nacional, la implementación del libre mercado y la retracción del Estado.
El país se encuentra en un momento histórico en el que, tanto los medios masivos de comunicación como el Gobierno Nacional y la ciudadanía en su conjunto, debaten abiertamente dos modelos de país posibles: el exclusivo o el inclusivo. En esta coyuntura histórica, la memoria de un pueblo se vuelve fundamental.


Memoria ¿para qué?

Es importante reflexionar respecto al papel de la memoria: debe permitir entender por qué se llegó a la situación actual, cómo y mediante qué mecanismos. Sobre todo teniendo en cuenta que amplios sectores de la población todavía promueven y apoyan aquellas políticas sociales y económicas vinculadas a los intereses defendidos durante el gobierno militar.
La lucha por la memoria fue emprendida por esos abuelos, abuelas, madres, padres, hermanos e hijos víctimas de las políticas de Estado de la dictadura, quienes junto con otros organismos de derechos humanos, mantienen activo el reclamo de justicia. Ellos son los que constantemente recuerdan que durante la última dictadura, los argentinos no se podían quejar, expresarse o gritar; que no había problemas porque estaban tapados, enterrados o ahogados en el Río de la Plata; como así también, que el país fue hundido en una miseria económica, cultural y social de la que es complicado salir.
Gracias a ellos, más de treinta años después del inicio del gobierno militar, las consecuencias de esas atrocidades cometidas siguen presentes en la Argentina. Los debates y conflictos sociales, políticos y económicos, siguen presentes en la actualidad. Designaciones, acciones o discursos que toquen de cerca a la Dictadura Militar pueden desatar una polémica mediática con repercusiones sociales.
A nivel gubernamental, los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, otorgaron prioridad en sus respectivas agendas a los Derechos Humanos, reconociendo antiguas luchas de organismos como Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de Mayo y a la agrupación H.I.J.O.S.: cedieron la Escuela de Mecánica de la Armada (símbolo de la represión) a las Madres de Plaza de Mayo, quienes la convirtieron en el Museo de la Memoria; declararon feriado nacional el 24 de marzo; y promovieron activamente las causas judiciales contra los represores.
Inclusive para la prensa, los acontecimientos vinculados al golpe de Estado de 1976 suelen ser noticia: las Abuelas de Plaza de Mayo y el 101° nieto encontrado; el conflicto en torno a la investigación sobre el origen de los hijos adoptados de la señora Ernestina Herrera de Noble; las convocatorias a las marchas del 24 de marzo; y el repudio a designaciones de funcionarios de la dictadura para cumplir cargos públicos en el presente (como el intento de que Abel Posse se convirtiera en el nuevo Ministro de Educación del Gobierno de la Ciudad).
Entre los ciudadanos, esos años todavía siguen dividiendo las aguas. Frente a algunas situaciones caóticas que vive el país, como el paro del campo y del subte, los cortes “piqueteros”, las demoras de los micros de larga distancia, la inflación y los hechos delictivos, todavía se escuchan voces reclamando el regreso de los militares y su “Proceso de Reorganización Nacional”.
Es necesario remarcar que los conflictos actuales son herencia de aquella época. La memoria debe ser ejercitada para nunca olvidarlo, porque en definitiva es y seguirá siendo un instrumento de lucha.


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BIBLIOGRAFÍA


- FOUCAULT MICHAEL (2009) “Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión“. Buenos Aires. Siglo XXI Editores.
- CAVAROZZI MARCELO (1997) “Autoritarismo y democracia (1955-1983)”, En Di Tella Torcuato y Lucchini Cristina (compiladores) La sociedad y el Estado en el desarrollo de la Argentina moderna. Buenos Aires. Editorial Biblos.
- COMISIÓN NACIONAL SOBRE LA DESAPARICION DE PERSONAS (1996) “Nunca Más“. Buenos Aires. EUDEBA.
- GORINI ULISES (1999) “A contrapelo. Conversaciones con Osvaldo Bayer“. Buenos Aires. Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
- ROMERO LUIS ALBERTO (1994) “Breve historia contemporánea de la Argentina“. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.
- STEFANONI PABLO (2009) “Hay que reconstruir el pacto interhumano destruido por el neoliberalismo“. En Jorge Testero (editor) Silvia Bleichmar: Superar la inmediatez. Un momento de pensar nuestro tiempo. Buenos Aires. Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
- VAZEILLES JOSE GABRIEL (2001) “Las ideas autoritarias de Lugones a Grondona: la ideología oligárquica en el siglo XX“. Buenos Aires. Editorial Biblos.

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