Un poco de historia
Desde los primeros pasos, allá por la década del 80, cuando diversos periódicos norteamericanos buscaron nuevas alternativas no impresas para ofrecer a sus usuarios, se hizo evidente la existencia un nicho de mercado necesitado no sólo de noticias al instante, sino también de un mayor nivel de interactividad con el propio medio de comunicación y con otros usuarios. En su texto Digitalizar las noticias, Boczowki afirma que esa demanda latente fue posteriormente satisfecha por la World Wide Web, o sea por Internet.
A partir de los años 90, cuando los periódicos dieron sus primeros pasos en el mundo de los servicios on line, hasta la actualidad con la llegada de Twitter, muchos fueron los avances en materia de interactividad entre medio y usuario/lector a través de la Web: desde el correo electrónico pasando por el chat y los foros, hasta llegar a Facebook. Los principales diarios y editoriales del país no fueron ajenos a estos nuevos fenómenos que se estaban gestando. Ese es el caso de Perfil, editorial que desarrolló su propio diario en Twitter.
Pero, ¿qué es Twitter? De acuerdo con lo que el propio Perfil describe en su cuenta, es una red social que gira en torno al principio de seguidores y que permite a sus usuarios enviar y leer textos de una longitud máxima de 140 caracteres.
En este sentido, y de acuerdo con los cinco niveles de interactividad planteados por Lujan Zavala, Twitter se podría ubicar en el tercero. Esto se debe a que si bien el usuario puede expresar su opinión para que tome estado público, el moderador del sitio tiene la capacidad de no publicar el mensaje si este fuera improcedente.
Respecto a este último punto, “140.perfil.com” publica al pie de la página las “Reglas de funcionamiento del sitio”, donde, entre otras cosas, prohíbe: el lenguaje vulgar, obsceno, discriminatorio u ofensivo y los mensajes agraviantes, difamatorios, calumniosos, injuriosos, falsos, dilacerantes, ofensivos, discriminatorios, pornográficos, de contenido violento, insultantes, amenazantes.
El diario de Perfil en Twitter: “140”
En esta cuenta, las noticias destacadas son las publicadas en la “portada”, donde predominan las vinculadas a la política y al mundo de la farándula; teniendo por protagonistas a funcionarios del Gobierno Nacional y de la oposición, y a aquellos individuos que forman parte del universo televisivo, básicamente vinculados a los programas de Marcelo Tinelli (aunque no son los únicos).
A parte del lugar predominante que ocupan en la portada del sitio, estos tweeds también se caracterizan por las imágenes con las que son ilustrados, en su mayoría retratos individuales o grupales o fotos pose de aquellos a quienes hace mención la nota. También existen los casos en los que el propio famoso o político en cuestión publica una foto en su cuenta y Perfil la reproduce como noticia.
Pero más allá de aquellos acontecimientos puntuales que el sitio decide destacar en su página principal, también clasifica la información en las siguientes secciones: Famosos, Política, Tecnología, Medios, Deportes, Mundo, Chimichurri, Ranking. Cada una de las cuales posee características propias que las diferencia notablemente de las secciones en las que ordenan la información en los diarios impresos.
En “Famosos” se publican todas las declaraciones de aquellas personas pertenecientes a ese universo cuya definición no es del todo clara. Los “famosos” pueden ser periodistas, cantantes, actores, ídolos juveniles, participantes de los diferentes programas de Marcelo Tinelli, entre otros. Generalmente, el sitio reproduce aquellas publicaciones que el personaje en cuestión hizo en su cuenta de Twitter, cuyos temas van desde la política y los problemas familiares, hasta lo más trivial como su vínculo con la propia red social.
En “Política” se publican noticias vinculadas a alguna decisión adoptada por gobierno, la cual es analizada por los usuarios a partir de los comentarios hechos a través de Twitter e incorporados dentro del cuerpo de la nota. Pero no es lo único, también en esta sección se refieren a la relación de los políticos con Twitter, por ejemplo: quiénes, cuánto y de que manera lo usan; que dijeron los políticos a través de esa red social; qué declararon a través de Twitter respecto a los dichos de otras personas o funcionarios, entre otras cosas.
En “Tecnología” hay notas referidas básicamente a Twitter, como por ejemplo encuestas respecto a quiénes lo usan más (mujeres u hombres, grandes o chicos, clase media o baja, entre otras cosas), ranking de usuarios famosos, temas predominantes en los tweets, etcétera). Aunque esporádicamente también hay referencias a las redes sociales en general, a Internet o a empresas que desarrollan nuevas tecnologías.
En “Medios”, las notas se refieren a diversos medios de comunicación masivos (canales de televisión, programas de televisión, etcétera), entre los cuales también se cuenta a Twitter. En “Deportes” también se reproducen declaraciones en Twitter, pero de personas vinculadas al mundo deportivo. Por su parte, “Mundo” es una sección en la que se publican noticias internacionales y, como característica diferencial del resto de las secciones, se encuentran menos referencias a declaraciones hechas en Twitter. “Chimichurri” es un mix de noticias de diverso tipo y origen. En “Ranking” aparecen publicadas periódicamente estadísticas respecto a cuáles son los políticos que más utilizan Twitter y de qué manera lo hacen.
La diferencia con los diarios impresos
A parte de dar cuenta de la información que ofrece el sitio, este breve repaso de las distintas secciones de la cuenta de Perfil en Twitter, sirve para establecer una comparación con las de un diario en papel tradicional. A simple vista, ni el orden ni la mayoría de los nombres de las secciones coinciden con los de los medios escritos. Por ejemplo, si la sección “Famosos” pudiera ser comparada en algún punto con la de “Espectáculos”, esta nunca va a ser encontrada al principio del diario; por su parte, “Chimichurri” podría condecirse con la sección de los periódicos impresos llamada “Información General”, pero el nombre elegido no se corresponde con la pretensión de seriedad que un diario en papel intenta transmitir; respecto al ranking, no es una sección ubicable en los medios impresos.
Hay también otras cosas que diferencian a este sitio de los periódicos en papel. El estilo de escritura es descontracturado, se podría decir que no manejan los mismos códigos de “seriedad” que los diarios impresos. La forma de titular, siempre que la noticia lo amerite, busca mostrar el conflicto entre dos o más personas, recurriendo a términos como “defender”, “criticar”, “desmentir”.
Otro aspecto que diferencia esta cuenta de Twitter de los tradicionales diarios impresos es la publicidad. En el caso de “140”, su presencia está generalmente vinculada a la propia Editorial. Como por ejemplo el banner de la revista Luz que figura en el margen derecho de la página, así como también se observa en el margen superior izquierdo links para conectarse a las siguientes cuentas de Perfil en Twitter: 442 (deportes), Fortunaweb (negocios) y Exitoína (espectáculos); y a los sitios web de las revistas de la Editorial.
Pero la mayor diferencia entre esta cuenta y el universo de los diarios tradicionales tiene que ver con que el límite impuesto de 140 caracteres brinda una información breve y al instante, que generalmente se limita a reproducir las propias declaraciones que el personaje involucrado hiciera en su propia cuenta. Esto convirtió a Twitter en una nueva fuente de información para los medios de comunicación masiva, así como también un privilegiado canal de intercambio entre el medio, el usuario y el protagonista de la noticia. Pero son justamente estos mismos factores los que anulan toda posibilidad de que exista un análisis profundo de las noticias que se publican.
Twitter, el centro del universo de “140”
Es evidente que el orden de las secciones, como así también el tipo de noticias destacadas, son decisiones políticas de Perfil, que elige resaltar aquellas vinculadas a personajes de la política y del espectáculo que utilizan Twitter para opinar sobre determinados temas o para contestar las declaraciones de un tercero, por sobre otras posibles noticias u otras formas de construcción de un diario.
Todo lo analizado hasta este punto, indica que la cuenta “140” pareciera ser un tanto narcisista respecto a la propia red social. Y esto se debe a que Perfil desarrolló en Twitter un diario sobre Twitter, privilegiando las declaraciones de las diferentes personalidades allí hechas, por sobre cualquier otro tipo de publicación. Sin análisis, sin opiniones, sin información adicional.
Ya quisiera yo...
...ser librepensador, no oír el rugir de tripas de tantos, ni su llanto, ni su dolor, establecerme correcto, filósofo, neutral, independiente, manejarme bien con toda la gente. Ya me gustaría a mí alinearme con los no violentos, regalar flores, descalzo, arrancadas de algún tiesto, sin tener que poner la otra mejilla para nadie, a no ser amenazado por ningún indeseable. Ismael Serrano
jueves 30 de diciembre de 2010
Twitter se mira el ombligo: el caso de Perfil a través de “140”
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domingo 5 de septiembre de 2010
Exclusión y problemas securitarios en la Argentina. Neoliberalismo, fragmentación social y medios de comunicación
Para el autor, entonces, la disciplina es un tipo de poder y también una modalidad para ejercerlo. Su función es fabricar cuerpos dóciles en pos de aumentar sus fuerzas en términos de utilidad económica y, a su vez, disminuirlas en relación a la obediencia política[1].
Si bien para Foucault las sociedades disciplinarias se situaron entre los siglos XVIII y XX y estuvieron vinculadas al modo particular de organizar los espacios de encierro que requirió el capitalismo post Revolución Industrial (como escuelas, hospitales, cárceles y fábricas), su teoría indica que estos métodos pueden ser puestos en marcha por regímenes políticos, aparatos o instituciones muy diversas. Por lo tanto, también puede ser aplicada a la historia argentina: la sociedad de los años 70, movilizada y politizada, necesitaba ser doblegada y fragmentada para imponerle los cambios económicos que se estaban gestando mundialmente, y que con ese nivel de movilización social eran imposibles de sostener.
Los militares argentinos a cargo del “Proceso de Reorganización Nacional”, pusieron en práctica esta modalidad de ejercicio del poder descripta por Foucault a partir de 1976, cerrando en la Argentina un ciclo de luchas populares, de resistencia y de incremento de la influencia de las teorías políticas de la izquierda en la sociedad.
El caos económico, la muerte como hecho cotidiano, la crisis de autoridad, las luchas facciosas de la Triple A y las guerrillas urbanas, fueron para el historiador Luis Alberto Romero las causas por las cuales muchos argentinos apoyaron un gobierno militar que prometió reestablecer el orden y asegurar el monopolio estatal de la fuerza.
Los militares se propusieron desde un principio, eliminar estos problemas de raíz. Para lo cual concentraron todo el poder de acción en sus manos, subordinando (y en otros casos, disolviendo) aquellos grupos parapoliciales activos en años anteriores; así como también recurrieron a un costoso y articulado aparato burocrático de espionaje y registro de sospechosos.
Debido a la impunidad con la que se ejecutaban las detenciones, ejecuciones y torturas avaladas por el gobierno, se fue gestando en la sociedad una idea de desprotección y temor, y un sentimiento de estar constantemente vigilados y en peligro. Y para Foucault, lo descripto está en la base del disciplinamiento de las sociedades: el individuo que es conciente de ser sometido a un campo de visibilidad, reproduce por su cuenta las coacciones del poder.
Una vez instalado el terror en la sociedad, la coacción, como indica el mencionado autor, se reprodujo sola. Y esto le bastó a los militares para pacificar a la población y poder llevar adelante las profundas transformaciones que eliminarían los conflictos en el país y que contribuirían a la atomización de la sociedad.
Y si el Estado intervencionista y benefactor fue el gran culpable del desorden social, el mercado entonces parecía el instrumento capaz de regular a todos los actores por igual. A raíz de este argumento, se buscó activamente su achicamiento y retroceso.
La estrategia utilizada fue el fortalecimiento del sector financiero, la apertura de la economía a las inversiones extranjeras y a las importaciones, y el endeudamiento. Y el resultado de las mismas, fue la concentración del poder económico en un grupo de empresarios, nacionales y trasnacionales, eliminando de esta manera la puja corporativa y las negociaciones.
Mediante esta descripción, hace referencia a la descomposición de un modo solidario de concebir la relación con el prójimo: en un país en el que parte de la sociedad sostuvo durante muchos años la idea de igualdad de oportunidades y de solidaridad, los militares introdujeron la noción de que el otro es un potencial peligro. Es decir que se produjo un incremento del individualismo extremo y una profunda deconstrucción de los lazos solidarios, por lo cual se puede afirmar que la disciplina aplicada en la argentina fabricó individuos aislados, fáciles dominar y controlar.
Estos cambios se pueden analizar en términos de dos procesos que culminaron en la individualización y descolectivización[3] de la sociedad: por un lado “el debilitamiento del Estado entendido como un Estado nacional social, es decir, un Estado capaz de garantizar un conjunto coherente de protecciones en el marco geográfico y simbólico de la nación porque conserva los principales parámetros económicos“ (Castel: 2003, 55); y, por el otro, “la erosión del segundo dique de contención, complementario, que de alguna manera había conseguido domesticar el mercado, a saber, la atención de la defensa de los intereses de los asalariados a través de grandes formas de organizaciones colectivas“ (Castel: 2003, 56). La función política de esta degradación fue la desocialización: los excluidos se fueron constituyendo en colecciones de individuos que en la actualidad no tienen nada en común más que compartir la misma carencia.
Tanto la exclusión como la carencia pueden ser analizadas en relación a los cambios en el mercado laboral. Para Zygmunt Bauman, el trabajo dejó de ser el eje sobre el que gira el resto de la vida y sobre el cual los individuos pueden trazar objetivos vitales: se acabaron la mayoría de los puntos de referencia constantes y solidamente establecidos que sugerían un entorno social más duradero y seguro. El nuevo entorno está en perpetuo cambio y no posibilita la unión de aquellos que sufren las desigualdades sociales; por el contrario, los separa y aísla.
Y al haber cada vez menos estímulos para contener la desintegración de los lazos humanos, se perpetua la decadencia de la comunidad. Porque en un mundo marcado por el cambio a corto plazo, la confianza, lealtad y el compromiso mutuo terminan por corroerse. Para generar vínculos sólidos se necesita una asociación larga, difícil de generar en una sociedad como la actual en la que vale el desapego y cooperación superficial[4].
Entonces, si el precariado[5] permanece en estado de simple aglomeración integrada por individuos y categorías heterogéneas entre sí, y es definido negativamente por la privación social, las carencias materiales y el déficit simbólico: "¿cómo forjarse la sensación de una situación compartida y plantearse objetivos comunes de acción cuando la urgencia y necesidad económicas se combinan según configuraciones fenoménicamente diferentes?" (Wacquant: 2007, 283).
A partir de lo analizado, se puede decir que es el propio sistema el que engendra relaciones sociales violentas. Y esto se debe a que la propia lógica del capitalismo actual fue la que modificó las relaciones laborales y la función del trabajo en la vida de las personas: si antes era un aglomerador y un articulador, ahora se convirtió en un hecho fortuito para amplios sectores de la sociedad, situación que los condena a la vida marginal.
Y en este proceso, la sociedad se volvió a fragmentar: ya no se trata sólo de una división entre capital y trabajo, sino que ahora también se trata de trabajadores y desocupados, incluidos y excluidos del sistema.
2.2 Exclusión e inseguridad
El convencimiento por parte de amplios sectores de la población de que han sido dejados de lado, es para Robert Castel uno de los motivos por los que se puede hablar de un alza de la inseguridad en la actualidad. Porque para estos sectores, significa no poder dominar el presente ni anticipar el porvenir: “la inseguridad social hace de esa existencia un combate por la supervivencia librado en el día a día y cuyo resultado es siempre y renovadamente incierto.” (Castel: 2004, 40).
Y esto encuentra su origen en la configuración del actual capitalismo, devenido en un sistema de superproducción donde el hombre ya no está encerrado (como en las sociedades disciplinarias de Foucault), sino endeudado. Situación que no incluye a toda la sociedad, porque el sistema también mantiene a una parte de la población en la más extrema miseria: demasiado pobre para la deuda, demasiado numerosa para el encierro[6].
Y en este aumento de la cantidad población excluida, cuyo futuro es incierto y sus necesidades básicas se encuentran insatisfechas, Castel encuentra el origen del proceso por el cual a estos grupos situados en los márgenes, se les adjudican todas la amenazas que entraña en sí misma una sociedad.
Pero para este autor, la sensación de inseguridad no es proporcional a los peligros reales que amenazan a una población, sino que es el efecto de un desfase entre una expectativa socialmente construida de protecciones y las capacidades efectivas de una sociedad dada para ponerlas en funcionamiento.
Para que la seguridad sea total, se requiere que el Estado sea absoluto. Es por eso que el actual reclamo social por mayor seguridad puede ser vinculado con la paradoja de las sociedades modernas: demandan protección infinita, sólo alcanzable en un Estado absoluto (como sucedió durante la última dictadura militar), pero al mismo tiempo exigen respeto a la libertad y la autonomía de los individuos, sólo alcanzable en un Estado de derecho[7].
Esta paradoja se refleja en las noticias publicadas en los medios masivos de comunicación, que se constituyeron, tanto para la clase política como para la ciudadanía en su conjunto, en la vara con la cual medir la sensación de inseguridad. Y esto se debe a que, a través lo que para el sociólogo Esteban Rodríguez se llama “criminalización mediática“, traducen las situaciones interpeladas como problemáticas al imaginario social.
Si bien existen numerosos casos que demuestran cómo la prensa encara diariamente los problemas de la violencia y el crimen, se seleccionó uno a modo de ejemplo: en abril de 2009, un hombre fue asesinado en frente de sus hijos por un menor de catorce años, quien le disparó a quemarropa al resistirse a un asalto en la puerta de su casa.
Durante los días en los cuales ese hecho fue considerado noticia, los diarios Clarín y La Nación relataron los pormenores del asesinato, aportaron datos sobre la vida de Daniel Capristo (la víctima en cuestión), describieron cómo era para con sus allegados e hicieron crónicas de las marchas en las que se pidió, entre otras cosas, mayor seguridad, que se baje la ley de imputabilidad de menores y que se aplique la pena de muerte para el asesino.
De esta manera, estos diarios construyeron uno de los imaginarios vinculados con este caso particular: la víctima y su entorno perdieron mucho por culpa de una muerte que podría haberse evitado.
Por el contrario, el victimario no merece vivir porque, entre otras cosas: “Los policías de Parque Patricios y Barracas lo conocían como uno de los jóvenes "pesados" de la villa Zavaleta. Ya lo habían detenido por dos robos a mano armada. Según vecinos de su barrio, al adolescente (…) le gustaba mostrar el revólver que llevaba encima. “[8] Es decir, porque era menor, villero y reincidente.
Dice Rodríguez que allí donde el Estado no puede hacer pie, se pueden encontrar a los miembros del gobierno ejecutivo apelando a esta “criminalización mediática” para fundamentar el encrudecimiento de sus políticas de seguridad ciudadana: “(…) el jefe de Gabinete Sergio Massa sostuvo que "hoy los adolescentes son un problema" y afirmó que "sin crimininalizar a los adolescentes, pero sí planteando que hay adolescentes que tienen conductas criminales" hay que definir un régimen de responsabilidad penal juvenil.”[9]
Es decir que la “criminalización mediática”, le permite al Estado declarar una situación de inseguridad permanente para poder ofrecer seguridad en forma de política dura y, así, darle respuesta a los reclamos de la sociedad. En el caso analizado, estos pedidos fueron publicados como si se trataran de manifestaciones de la sociedad en su conjunto, pero en realidad, partieron del dolor de personas individuales: "la muerte sería un regalo divino para el chico que mató a Daniel. A ese asesino habría que mutilarlo despacito y cortarlo, para que sufra"[10], “El que mata tiene que pagar“[11], “el padre de la víctima pidió la pena de muerte para el asesino“[12].
3- A modo de conclusión
El Proceso de Reorganización Nacional, significó un quiebre en la historia Argentina por muchos motivos. Para el objetivo de este trabajo, basta decir que inauguró a partir de 1976 un sentimiento en la sociedad de completa inseguridad frente a un Estado que debería haber velado por su protección. Y continuó durante los gobiernos de Raúl Alfonsín a través de las hiperinflaciones, de Carlos Menem con las políticas de re-regulación del Estado y llegó hasta la actualidad con el reclamo de mano dura y mayor seguridad.
Es decir que, si bien la inseguridad se sintió de diferentes maneras en los diferentes gobiernos desde 1976 en adelante, siempre tuvo un único responsable: el Estado. Y si en la actualidad se la relaciona básicamente con la delincuencia, se debe a varias causas que le dieron origen: los cambios en las relaciones de producción, la destrucción de los lazos sociales, el incremento del individualismo y la exclusión generada por el propio sistema capitalista.
La combinación de todo esto posibilita encontrar con mayor facilidad reclamos de mano dura. Y, en este contexto, los medios se erigen como voceros de “la gente” publicando noticias sobre aquellos que sufrieron hechos delictivos y que, en la mayor parte de los casos, no buscan justicia sino venganza. Por eso, con la misma intención, los excluidos del sistema son mostrados como delincuentes y únicos generadores de la inseguridad actual.
Pero lo que los medios no reflejan y la sociedad no discute, es que es la propia condición del excluido la que genera violencia.
BIBLIOGRAFÍA
-BAUMAN ZYGMUNT (2005) Comunidad. En busca de la seguridad en un mundo hostil. Buenos Aires. Siglo XXI Editores.
-CASTEL ROBERT (2003) La inseguridad social ¿Qué es estar protegido? Buenos Aires. Editorial Manantial.
- CAVAROZZI MARCELO (1997) “Autoritarismo y democracia (1955-1983)”, en Di Tella Torcuato y Lucchini Cristina (compiladores) La sociedad y el Estado en el desarrollo de la Argentina moderna. Buenos Aires. Editorial Biblos.
- COMISIÓN NACIONAL SOBRE LA DESAPARICION DE PERSONAS (1996) Nunca Más. Buenos Aires. EUDEBA.
- DELEUZE GILLES (1997) “Postdata a las sociedades de control”, en Conversaciones. Valencia. Editorial Pretextos.
- FOUCAULT MICHAEL (2009) Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión. Buenos Aires. Siglo XXI Editores.
- GIRARD RENE (1983) La violencia y lo sagrado. Barcelona. Anagrama.
- GORINI ULISES (1999) A contrapelo. Conversaciones con Osvaldo Bayer. Buenos Aires. Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
-MASTRINI GUILLERMO, DE CHARRAS DIEGO, BECERRA MARTIN, BARNCHUK MARIANA, ROSSI DIEGO (2009) “Introducción”, en Mastrini Guillermo (compilador) Mucho ruido, pocas leyes. Economía y políticas de comunicación en la Argentina (1920-2007). Buenos Aires. La Crujía.
- RODRIGUEZ ESTEBAN (2000) Justicia Mediática. La administración de justicia en los medios masivos de comunicación. Las formas del espectáculo. Buenos Aires. Editorial Ad-Hoc.
- ROMERO LUIS ALBERTO (1994) Breve historia contemporánea de la Argentina. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.
-SENNET RICHARD (2000) La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona. Editorial Anagrama.
-STEFANONI PABLO (2009) “Hay que reconstruir el pacto interhumano destruido por el neoliberalismo“, en Jorge Testero (editor) Silvia Bleichmar: Superar la inmediatez. Un momento de pensar nuestro tiempo. Buenos Aires. Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
-WACQUANT LOÏC (2007) Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado. Buenos Aires. Siglo XXI Editores.
- Diario Clarín, sección policiales, ediciones desde el 16 al 21 de abril de 2009.
- Diario La Nación, sección Policiales, ediciones desde el 16 al 21 de abril de 2009.
[1] “Digamos que la disciplina es el procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo es reducida con el menor gasto como fuerza “política” y maximizada como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista ha exigido la modalidad específica del poder disciplinario, cuyas fórmulas generales, los procedimientos de sumisión de las fuerzas y de los cuerpos, la “anatomía política” en una palabra, pueden ser puestos en acción a través de regímenes políticos, de aparatos o de instituciones muy diversas.” (Foucault, 2009: 255).
[2] Mastrini, De Charras, Becerra, Baranchuk y Rossi: “A partir del triunfo electoral de gobiernos neoliberales se afianzó una política global de destrucción del Estado populista y de aquellos beneficios propios del Estado de Bienestar que se habían alcanzado. En este sentido no es casual que su doctrina se esconda tras la argucia discursiva de la “desregulación” un proceso que denominamos “re-regulación“. Se trata de una revisión de la regulación vigente con el fin de alcanzar una liberalización controlada del sistema, con actores privados reteniendo el control sobre las cuestiones clave del proceso.” (Mastrini: 2009, 19).
[3] Castel Robert (2003) La inseguridad social ¿Qué es estar protegido? Buenos Aires. Editorial Manantial.
[4] Sennett Richard (2000) La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona. Editorial Anagrama.
[5] Según Loïc Wacquant, son aquellas franjas precarias dentro del proletariado.
[6] Deleuze Gilles (1997) “Postdata a las sociedades de control”, en Conversaciones. Valencia. Editorial Pretextos.
[7] Castel Robert, op. cit.
[8] “El menor acusado fue detenido dos veces este año por robo con armas”, Clarín, 17 de abril de 2009.
[9] “El Gobierno apura el debate de un nuevo régimen penal para menores“, La Nación, 17 de abril de 2009.
[10] “Claman justicia por un crimen en Lanús”, La Nación, 17 de abril de 2009.
[11] “Reclamo para que se baje la edad de imputabilidad”, Clarín, 18 de abril de 2009.
[12] “Bronca y debate: Una multitud marchó por el asesinato del chofer”, Clarín, 17 de abril de 2009.
Enlace a la nota publicada por la Agencia de Noticias Nota al Pie
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La memoria como instrumento de lucha
El objetivo de la dictadura militar: el disciplinamiento social
La disciplina como mecanismo de poder
En su libro “Vigilar y Castigar. El Nacimiento de la prisión”, Michael Foucault analiza el surgimiento de lo que, para él, es una tecnología novedosa: el desarrollo de un conjunto de procedimientos de coerción colectiva; una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas.
El descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco del poder durante la edad clásica, posibilitó la creación de una técnica cuyas metas principales son su sometimiento, utilización, transformación y perfeccionamiento: “A estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y le imponen una relación de docilidad-utilidad es a lo que se puede llamar `disciplinas´.” (Foucault, 2009: 159).
Para el autor, entonces, la disciplina es un tipo de poder y también una modalidad para ejercerlo. Su función es fabricar cuerpos dóciles en pos de aumentar sus fuerzas en términos de utilidad económica y, a su vez, disminuirlas en relación a la obediencia política. En este sentido, la primera de las grandes operaciones de la disciplina es la transformación de las multitudes confusas, inútiles o peligrosas en multiplicidades ordenadas.
“Digamos que la disciplina es el procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo es reducida con el menor gasto como fuerza “política” y maximizada como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista ha exigido la modalidad específica del poder disciplinario, cuyas fórmulas generales, los procedimientos de sumisión de las fuerzas y de los cuerpos, la “anatomía política” en una palabra, pueden ser puestos en acción a través de regímenes políticos, de aparatos o de instituciones muy diversas”. (Foucault, 2009: 255).
Lo que sigue es el análisis de cómo los militares argentinos a cargo del “Proceso de Reorganización Nacional”, pusieron en práctica esa modalidad de ejercicio del poder.
El disciplinamiento en marcha
El golpe de Estado de 1976 cerró en la Argentina un ciclo de luchas populares, de resistencia y de incremento de la influencia de las teorías políticas de la izquierda en la sociedad. El caos económico, la muerte como hecho cotidiano, la crisis de autoridad, las luchas facciosas de la Triple A y las guerrillas urbanas, fueron para Luis Alberto Romero las causas por las cuales muchos argentinos apoyaron un gobierno militar que prometió reestablecer el orden y asegurar el monopolio estatal de la fuerza.
Los militares se propusieron desde un principio, eliminar el problema de raíz. Para lo cual concentraron todo el poder de acción en sus manos, subordinando (y en otros casos, disolviendo) aquellos grupos parapoliciales activos en años anteriores. Los métodos utilizados para cumplir con ese objetivo fueron el secuestro, la detención, la ejecución y la tortura sistemática y prolongada (como por ejemplo mediante el uso de la picana eléctrica y del submarino, la perpetración de violaciones sexuales, los simulacros de fusilamiento, la destrucción de la dignidad y personalidad del secuestrado, entre otras cosas).
Si bien Foucault habla de someter los cuerpos con la menor fuerza posible, el caso analizado requirió un costoso y articulado andamiaje, que incluyó espionaje, secuestros, torturas y matanzas. Como se analiza a continuación, esa estructura le permitió al gobierno valerse del terror impuesto para reproducir el sentimiento social de estar constantemente vigilados, aún cuando dos años después de haberse iniciado el proceso, la represión había disminuido notablemente.
La reproducción de la coacción
Romero habla de un verdadero genocidio, en el cuál las desapariciones ocurrieron masivamente entre los años 1976 y 1978. Si bien los usurpadores del poder le plantearon a la sociedad que su objetivo era solucionar el problema del virus de la subversión, lo cierto es que una vez diezmadas dos de las mayores organizaciones guerrilleras (el Ejército Revolucionario del Pueblo-ERP y Montoneros), la represión continuó.
El sentido de mantener activo el aparato represivo fue el ataque a militantes de organizaciones políticas y sociales, dirigentes gremiales de base, sacerdotes, intelectuales, abogados (sobre todo aquellos vinculados a la defensa de los presos políticos y de los Derechos Humanos), parientes y conocidos de los torturados, estudiantes secundarios y universitarios.
En resumen, esta operación procuró eliminar todo activismo, protesta social o expresión de pensamiento crítico. El fin último fue transformar profundamente la sociedad, por lo que previamente necesitaron controlarla y dominarla mediante el terror y la palabra. En este sentido, Romero opina que “el terror cubrió la sociedad toda. Clausurados los espacios donde los individuos podían identificarse en colectivos más amplios, cada uno quedó solo e indefenso ante el Estado aterrorizador, y en una sociedad inmovilizada y sin reacción se impuso (…) la cultura del miedo.” (Romero, 1994: 289).
Para esto, el Estado se valió de la figura del desaparecido, quien a partir del secuestro no sólo dejaba de tener presencia civil, sino que también perdía sus derechos y era privado de toda posible comunicación con el mundo exterior. Mayoritariamente, el destino era el “traslado”, es decir su muerte, generalmente clandestina. Una vez ejecutados, los cuerpos eran enterrados o incinerados en fosas colectivas, o arrojados al mar adormecidos con bloques de cemento para hundirlos, en los denominados “vuelos de la muerte“.
Debido a la impunidad con la que se ejecutaban los crímenes avalados por el gobierno, se fue gestando en la sociedad una idea de desprotección y de temor. Por estos y otros motivos, nunca lograron despertar entusiasmo o adhesión por parte del conjunto social, más allá del de aquellos grupos que los apoyaron originalmente. No obstante, la situación generada les bastó para pacificar a la población y poder llevar adelante las profundas transformaciones que eliminarían los conflictos en el país y que contribuirían a la atomización de la sociedad.
Los hechos descriptos anteriormente reprodujeron hasta el infinito la sensación de los ciudadanos de estar constantemente vigilados y en peligro; lo cual para Foucault, está en la base del disciplinamiento de las sociedades: el individuo que es conciente de ser sometido a un campo de visibilidad, reproduce por su cuenta las coacciones del poder. No es necesario recurrir a medios de fuerza para obligar al condenado a la buena conducta: su efectividad estriba en no intervenir jamás.
Una vez instalado el terror en la sociedad, la coacción, como indica Foucault, se reprodujo sola, tal como se verá a continuación.
Vigilantes perpetuamente vigilados
De acuerdo con la teoría de Foucault, para que un aparato disciplinario sea perfecto, debe permitir verlo todo constantemente con sólo una mirada. Uno de los instrumentos utilizados para lograrlo es la inspección jerárquica, la cual posibilita que las instituciones disciplinarias desarrollen una maquinaria de control que consiste en la formación de un aparato de observación, registro y encauzamiento de la conducta. Es decir que si bien la vigilancia reposa sobre individuos, su funcionamiento es el de un sistema de relaciones de arriba-abajo y de abajo-arriba, y también lateralmente.
En el caso argentino, las tres armas se repartieron las diferentes responsabilidades, mientras que los grupos de tareas fueron los encargados de ejecutar las órdenes de los altos mandos. Para que todo funcionara correctamente, también fue necesario un complejo aparato administrativo que diera cuenta de los movimientos de entrada, salida y traslados de numerosas personas. Es por eso que para Romero, “la represión fue, en suma, una acción sistemática realizada desde el Estado.” (Romero, 1994: 284).
A pesar de que la organización fue por momentos anárquica y faccional, esto no implicó acciones casuales, descontroladas o irresponsables. En este sentido, el profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires, José Gabriel Vazeilles, sostiene en su libro que, para cumplir con sus objetivos, los militares necesitaron dotar a los aparatos represivos de una hegemonía institucional que les permitiera cumplir el rol de espías y controladores del resto de la administración.
Por lo expuesto, se puede decir que es el aparato entero el que produce y reproduce el poder, y no la existencia de diferentes jerarquías de jefes. Lo cual se observa en el hecho de que este tipo de organización de la estructura de vigilancia, imposibilitó la denuncia a la Junta de gobierno desde cualquier ámbito de la sociedad, inclusive desde el interior de las propias Fuerzas Armadas.
¿Por qué?
Siguiendo a Romero, la represión inicial que descabezó la movilización popular, permitió superar la coyuntura. Pero las Fuerzas Armadas y el establishment que las acompañaban necesitaban ir más lejos. Tanto trabajadores como empresarios, solieron enfrentarse alternativamente generando desorden y caos; y en otras oportunidades, supieron unirse para utilizar las poderosas herramientas de un Estado intervencionista y benefactor en beneficio mutuo.
Para evitar nuevamente estas situaciones, los militares buscaron una fórmula para establecer el orden y la seguridad dejando de lado el crecimiento, por considerar que eso generaría más conflicto. El historiador y periodista Osvaldo Bayer opina que “Todos sabían desde un principio el sistema de desaparición de personas, la existencia de los campos de concentración, el asesinato de chicos (…) Lo supieron los poderosos de la economía que aprovecharon para que les limpiaran las fábricas y empresas de delegados honestos y combativos.” (Gorini, 1999).
Es decir que si el Estado intervencionista y benefactor fue el gran culpable del desorden social, el mercado entonces parecía el instrumento capaz de disciplinar a todos los actores por igual. A raíz de este argumento, se buscó activamente su achicamiento y retroceso. En este sentido, y siguiendo al profesor Vazeilles, se puede afirmar que la ideología oligárquica tuvo en 1976 su apogeo, convirtiéndose en la única pauta cultural para el Estado y la sociedad.
La estrategia utilizada fue el fortalecimiento del sector financiero, la apertura de la economía a las inversiones extranjeras y a las importaciones, y el endeudamiento. Y el resultado de las mismas, fue la concentración del poder económico en un grupo de empresarios, nacionales y trasnacionales, eliminando de esta manera la puja corporativa y las negociaciones.
El papel del individualismo: el “sálvese quien pueda”
En relación a lo expuesto, la psicoanalista Silvia Bleichmar realizó el siguiente análisis respecto al objetivo de la última dictadura: “Intentó destruir lo político y la noción de bien común. Produjo una justificación del egoísmo sobre la base de salvarse, que es lo que produce siempre el Terrorismo de Estado. Una ruptura de la noción de semejante porque nadie sabe quién es el “otro” y en qué medida se lo puede poner en riesgo.” (Testero, 2009: 138).
Se refiere a la descomposición de un modo solidario de concebir la relación con el prójimo: en un país en el que parte de la sociedad sostuvo durante muchos años la idea de igualdad de oportunidades y de solidaridad, los militares introdujeron la noción de que el otro es un potencial peligro. Es decir que se produjo un incremento del individualismo extremo y una profunda deconstrucción de los lazos solidarios, por lo cual se puede afirmar que la disciplina aplicada en la argentina fabricó individuos aislados, fáciles dominar y controlar.
Retomando el análisis de Foucault, el poder disciplinario tiene como función principal enderezar las conductas y encauzar las multitudes en una multiplicidad de elementos individuales. Y cuando una sociedad llega a tener a los individuos privados por un lado y al Estado por el otro (y no ya la comunidad y la vida pública), las relaciones deben regularse necesariamente mediante la vigilancia.
Conclusión
El camino recorrido
El concepto de disciplinamiento social acuñado por Foucault, permitió explicar el proceso mediante el cual las Fuerzas Armadas, con ayuda nacional e internacional, apaciguaron a los argentinos. Los crímenes perpetrados desde un Estado que debió haber velado por el bienestar de todos los ciudadanos, fueron organizados por un aparato represivo que garantizó la reproducción de los mecanismos de coacción entre la población. Utilizando esta metodología, fragmentaron a la sociedad que, presa del terror, no pudo evitar los cambios impuestos en el modelo de producción.
El “Proceso de Reorganización Nacional”, concluyó en un neoliberalismo feroz que modificó las relaciones sociales en la Argentina, beneficiando a las empresas trasnacionales y los grupos económicos locales, y perjudicando al resto de la población (reflejado en la flexibilización y precarización laboral, el aumento de los índices de pobreza y de la brecha entre ricos y pobres). A partir de las modificaciones realizadas en el modelo económico, se gestó uno nuevo que incluyó la apertura internacional, la destrucción de la industria nacional, la implementación del libre mercado y la retracción del Estado.
El país se encuentra en un momento histórico en el que, tanto los medios masivos de comunicación como el Gobierno Nacional y la ciudadanía en su conjunto, debaten abiertamente dos modelos de país posibles: el exclusivo o el inclusivo. En esta coyuntura histórica, la memoria de un pueblo se vuelve fundamental.
Memoria ¿para qué?
Es importante reflexionar respecto al papel de la memoria: debe permitir entender por qué se llegó a la situación actual, cómo y mediante qué mecanismos. Sobre todo teniendo en cuenta que amplios sectores de la población todavía promueven y apoyan aquellas políticas sociales y económicas vinculadas a los intereses defendidos durante el gobierno militar.
La lucha por la memoria fue emprendida por esos abuelos, abuelas, madres, padres, hermanos e hijos víctimas de las políticas de Estado de la dictadura, quienes junto con otros organismos de derechos humanos, mantienen activo el reclamo de justicia. Ellos son los que constantemente recuerdan que durante la última dictadura, los argentinos no se podían quejar, expresarse o gritar; que no había problemas porque estaban tapados, enterrados o ahogados en el Río de la Plata; como así también, que el país fue hundido en una miseria económica, cultural y social de la que es complicado salir.
Gracias a ellos, más de treinta años después del inicio del gobierno militar, las consecuencias de esas atrocidades cometidas siguen presentes en la Argentina. Los debates y conflictos sociales, políticos y económicos, siguen presentes en la actualidad. Designaciones, acciones o discursos que toquen de cerca a la Dictadura Militar pueden desatar una polémica mediática con repercusiones sociales.
A nivel gubernamental, los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, otorgaron prioridad en sus respectivas agendas a los Derechos Humanos, reconociendo antiguas luchas de organismos como Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de Mayo y a la agrupación H.I.J.O.S.: cedieron la Escuela de Mecánica de la Armada (símbolo de la represión) a las Madres de Plaza de Mayo, quienes la convirtieron en el Museo de la Memoria; declararon feriado nacional el 24 de marzo; y promovieron activamente las causas judiciales contra los represores.
Inclusive para la prensa, los acontecimientos vinculados al golpe de Estado de 1976 suelen ser noticia: las Abuelas de Plaza de Mayo y el 101° nieto encontrado; el conflicto en torno a la investigación sobre el origen de los hijos adoptados de la señora Ernestina Herrera de Noble; las convocatorias a las marchas del 24 de marzo; y el repudio a designaciones de funcionarios de la dictadura para cumplir cargos públicos en el presente (como el intento de que Abel Posse se convirtiera en el nuevo Ministro de Educación del Gobierno de la Ciudad).
Entre los ciudadanos, esos años todavía siguen dividiendo las aguas. Frente a algunas situaciones caóticas que vive el país, como el paro del campo y del subte, los cortes “piqueteros”, las demoras de los micros de larga distancia, la inflación y los hechos delictivos, todavía se escuchan voces reclamando el regreso de los militares y su “Proceso de Reorganización Nacional”.
Es necesario remarcar que los conflictos actuales son herencia de aquella época. La memoria debe ser ejercitada para nunca olvidarlo, porque en definitiva es y seguirá siendo un instrumento de lucha.
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BIBLIOGRAFÍA
- FOUCAULT MICHAEL (2009) “Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión“. Buenos Aires. Siglo XXI Editores.
- CAVAROZZI MARCELO (1997) “Autoritarismo y democracia (1955-1983)”, En Di Tella Torcuato y Lucchini Cristina (compiladores) La sociedad y el Estado en el desarrollo de la Argentina moderna. Buenos Aires. Editorial Biblos.
- COMISIÓN NACIONAL SOBRE LA DESAPARICION DE PERSONAS (1996) “Nunca Más“. Buenos Aires. EUDEBA.
- GORINI ULISES (1999) “A contrapelo. Conversaciones con Osvaldo Bayer“. Buenos Aires. Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
- ROMERO LUIS ALBERTO (1994) “Breve historia contemporánea de la Argentina“. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.
- STEFANONI PABLO (2009) “Hay que reconstruir el pacto interhumano destruido por el neoliberalismo“. En Jorge Testero (editor) Silvia Bleichmar: Superar la inmediatez. Un momento de pensar nuestro tiempo. Buenos Aires. Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
- VAZEILLES JOSE GABRIEL (2001) “Las ideas autoritarias de Lugones a Grondona: la ideología oligárquica en el siglo XX“. Buenos Aires. Editorial Biblos.
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jueves 27 de mayo de 2010
Paradigmas de seguridad: marginación y autoexclusión
por Mariela Caruso
Dos relatos...
El primero se desarrolla en una remota aldea cercada por un bosque poblado de maléficas criaturas, detrás del cual sus habitantes ocultan un secreto: el temor a los otros. Hace ya muchos años, la peligrosidad y violencia de las grandes urbes obligó a un grupo de personas a alejarse del resto de la humanidad, para lo cual recurrieron no sólo al bosque prohibido y a los monstruos asesinos, sino también a una enorme muralla que los rodea, cuya función es evitar que el mundo exterior los descubra, así como también que algún osado intente salir de ese mundo resguardado.
El segundo comienza en 1980, año en el que Sudáfrica sufrió un desembarco alienígena que continúa conmocionando a la opinión pública. Los africanos se vieron desde entonces obligados a convivir con unos monstruosos seres, a los que despectivamente apodaron langostinos. Dada su peligrosidad, fueron aislados en un gheto bautizado “sector 9”. Luego de 30 años de intranquila convivencia, deberán ser trasladados, por su propio bien y el del resto de la humanidad, lejos de las ciudades: al sector 10.
Los relatos previos plantean dos paradigmas respecto a la idea de seguridad: el encierro propio o del otro, como formas de alejarse del peligro. De eso se tratan estas dos películas contemporáneas, que incursionan de un modo no tradicional (y, quizás, inintencionadamente) sobre esta temática: La Aldea[1] y Sector 9[2].
Desde el punto de vista de la mirada hacia “el otro”, los alienígenas se construyen como seres diferentes a los humanos del planeta: no sólo no tienen derecho a nada, sino que frente al miedo a lo desconocido, se los discrimina, humilla y maltrata. Por su parte, La Aldea muestra al un “otro” potencialmente peligroso y, dado que el Estado no puede hacer nada frente a la creciente ola de violencia en las ciudades, los habitantes de la Aldea crean su propio gobierno y hábitat paralelo.
En ambas situaciones, el rol del Estado se muestra nulo: si en La Aldea es incapaz, en Sector 9, queda completamente subordinado a los intereses privados de la industria armamentista que busca decodificar el código genético de los alienígenas para manipular sus armas, notablemente más poderosas que las humanas.
En resumen, ambas películas se manejan dentro de un paradigma de época y construyen sus problemáticas centrales de manera verosímil. Estos posibles recorridos comparativos de las películas pueden ser trasladados a la “realidad” mediante las figuras de la villa como ámbito de marginación y el country como forma de autoreclusión.--------------------------------------------------------------------------------------------------------------
(2) District 9, Nueva Zelanda, año 2009, dirigida por Neill Blomkamp.
Enlace a la nota publicada por la Agencia de Noticias Nota al Pie
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viernes 19 de marzo de 2010
Enunciados simples

Madre, que yo lo encontré andando contigo.
Lo veo en tus ojos, lo oigo en tu boca,
y en cada gesto tuyo me nombra.
Lo veo en mis luchas y me acompaña
entre las llamas de cada nueva batalla.
A las madres de mayo
Ismael Serrano (1996)
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viernes 22 de enero de 2010
No es lo mismo

No es lo mismo un problema que una solución. No es lo mismo la bronca que la euforia. No es lo mismo una protesta que una fiesta. No es lo mismo un paro que el Dakar.
La posibilidad de circular libremente por la ciudad en días hábiles es un hecho abordado con diferentes criterios por dos de los diarios de mayor venta nacional. El análisis de la información varía según se trate de cortes producidos por una competencia automovilística o por un reclamo ciudadano.
Si se rastrean las noticias publicadas en ambos medios durante el masivo paro de subtes ocurrido a fines de octubre de 2009, se encuentran similitudes respecto a los datos aportados, el tratamiento de la información y el vocabulario utilizado.
Principalmente, no explican qué significa que una organización consiga la personería jurídica ni por qué es tan vital para los que la reclaman, teniendo en cuenta que para obtenerla paralizan una ciudad entera. En este sentido, es llamativo que la falta de investigación respecto a los verdaderos orígenes de semejante reclamo, lo cubran remarcando constantemente la frecuencia de este tipo de protestas y el volumen de gente perjudicada, acompañado por diferentes testimonios que cuentan cómo los afecta la medida.
Por otro lado, los términos utilizados son negativos: caos, ilegalidad, bronca, odisea, rehenes. Y se los utiliza para describir la situación como descontrolada: filas interminables, transporte público colapsado, congestión del transito, calor agobiante, quejas de los usuarios, incidentes.
Finalmente, relatan situaciones que no tienen que ver específicamente con este paro y que sirven para aumentar aun más la sensación de malestar, dado que los embotellamientos en todas aquellas zonas que no están directamente relacionadas con las rutas de los subtes (General Paz y autopistas, por ejemplo) son frecuentemente problemáticas, más allá de este reclamo puntual.
Por su parte, la cobertura del Dakar abunda en detalles de la competencia: quiénes compiten, qué vehículos utilizan, la nacionalidad de los equipos, las normas del rally, las rutas de la prueba, los festejos, entre otro sin fin de datos. Aunque disminuye significativamente la información sobre los cortes de calle o los problemas de tránsito. Mientras que Clarín no menciona este tipo de información, La Nación lo hace muy laxamente: no brinda testimonios sobre las personas perjudicadas por los cortes en Palermo y en la Avenida 9 de julio, habla de demoras (y no de caos) provocados por una fiesta popular y avisa, sin demasiado énfasis, la localización de los cortes en horarios pico.
Es decir que si bien en ambos casos se trata de un mismo tipo de problemática (las limitaciones para transitar dentro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en días hábiles), los modos en los que Clarín y La Nación editan la información difiere cuando hablan de lo que ellos consideran una fiesta popular o un atropello sin sentido a la libre circulación de los ciudadanos. La pregunta que entonces queda en el aire, es porqué no se critican las consecuencias de los cortes en el tránsito en ambos casos por igual.
Pareciera que el reclamo ciudadano en pos de la mejora de la calidad de vida es completamente reprochable desde la óptica de ambos medios, ya que enfocan este tipo de conflicto como si se tratara únicamente de un problema gremial que no debiera afectar al resto de la población. Lo que es cuestionable, es la falta de profundidad que tienen los análisis respecto a la precarización laboral que aqueja a los argentinos y que fue producida, en parte, por la desaparición de los sindicatos como mediadores entre los trabajadores y los intereses de sus empleadores.
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sábado 9 de enero de 2010
Lo que la gente quiere...
Intentan instalar una sensación de negatividad en la sociedad mediante términos como: caos, ilegalidad, bronca. No se leen voces que acuerden con aquellos que paran, siempre se habla de la disconformidad y de la incomodidad. Los propios gestores del paro salen a defenderse; y los perjudicados por la medida, son presentados como víctimas.
Esas mismas empresas informativas, dan cuenta de una oposición renegada. Las medidas adoptadas por el gobierno nacional son malas. El motivo es “no, porque no”; no, porque lo propone el gobierno de “Cristina”. Nada de lo que propone “esa gente” esta bien. Estamos gobernados por una “manga de ladrones”. Pero ¿quiénes los eligieron? Lo cierto es que eso ya no importa, porque ahora todos los argentinos quieren que se vayan.
Y entonces la pregunta: ¿es cierto que de todo esto se sale mediante el terrorismo de estado, la supresión de la democracia, las desapariciones, las torturas, las persecuciones? Durante la última dictadura el país no estaba mejor porque la economía estaba “sana”, ni había una mejor clase política, ni la sociedad estaba conforme.
Durante la última dictadura, los argentinos no se podía quejar, expresarse, gritar. No había problemas porque estaban tapados, enterrados, ahogados en el Río de la Plata. Hundieron al país en una miseria económica, cultural y social de la que es complicado salir. No es verdad que se viviera mejor. Al menos no todos los argentinos. Una gran parte de la población la pasó mal. Muy mal.
De cara al bicentenario, es necesario hacer una revisión de nuestra historia antes de emitir juicios precipitados que culpen a los piqueteros, a los empleados del subte y a los choferes de micro por el caos en el que vivimos. Antes de sentenciar en voz alta, se debería reflexionar respecto a los gobiernos radicales, peronistas, los sucesivos golpes de estado, la última dictadura militar, Menem, De la Rua, Kirchner y Cristina. Y volver a empezar. Hasta que nos quede claro que todos somos responsables por las cosas que pasan en el país.
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